lunes, julio 21

Julia Kristeva El amor en la Identificación primaria


«La significación amorosa; la Emfüblung (asimilación de los sentimientos
del prójimo) se revela a la lucidez cáustica de Freud como una locura:
fermento de las histerias colectivas de las masas que abdican de su
propio juicio, hipnosis que nos hace perder la percepción de la realidad puesto que la delegamos en el Ideal del Yo. El objeto en la hipnosis devora
o absorbe al yo, la voz de la consciencia se apaga, «y en la ceguedad
amorosa se llega hasta el crimen sin remordimiento»: el objeto ha ocupado el lugar de lo que era el ideal del yo.

La identificación que proporciona la plataforma de este estado
hipnótico que es la locura amorosa reposa sobre un extraño objeto: propio
de la fase oral de la organización de la libido en donde lo que incorporo
es aquello en lo que me convierto, en donde tener sirve para ser, esta
identificación arcaica no es, a decir verdad, objetal. No me identifico con un
objeto, sino con lo que se me propone como modelo.

Esta enigmática aprehensión de un esquema por imitar
que no es aún un objeto por investigar libidinalmente,
plantea la cuestión del enamoramiento como estado sin objeto,
y nos remite a una arcaica reduplicación
(más que imitación), «posible antes de toda elección de objeto».

Así, esta enigmática identificación no objetal, que instala en
el corazón del psiquismo el amor, el signo y la repetición,
podrá ser relacionada con la lógica interna del discurso,
recurrente, redundante, accesible en el «después».
¿Para un objeto por venir, más tarde o nunca?...
Qué importa si ya estoy embargado por la Einfühlung...
Insistiremos más adelante en las condiciones en que
se produce esta unificación, esta identificación, a partir
del autoerotismo y en la tríada preedípica...»

 «De todos modos, uno se puede preguntar por el deslizamiento que
se opera desde la «incorporación» de un objeto, e incluso su
«introyección», a esta Identifizierung que no es del orden del
«tener, sino que se sitúa de entrada en el «ser-como».
¿En qué terreno, en qué materia, el tener vira hacia el ser?
Buscando la respuesta a esta pregunta, la oralidad incorporante
e introyectora se nos revela en su función de sustrato esencial
para lo que constituye el ser del hombre, es decir, el lenguaje.

Cuando el objeto que incorporo es la palabra del otro —precisamente
un no-objeto, un esquema, un modelo—, me ligo a él en una primera
fusión, comunión, unificación. Identificación. Para que yo sea capaz de
tal operación, habrá hecho falta un freno a mi libido: mi sed de devorar
ha debido ser diferida y desplazada a un nivel que podríamos llamar
«psíquico», a condición de añadir que si hay represión, es muy primaria y
deja perdurar el goce de masticar, tragar, nutrirse con... palabras.


Al poder recibir las palabras de otro, asimilarlas, repetirlas,
 reproducirlas, me hago como él: Uno. Un sujeto de la enunciación.
Por identificación-osmosis psíquica. Por amor.


Freud ha descrito este Uno con el que realizo mi identificación («la
forma más temprana y primitiva del enlace afectivo») como un Padre.
Al especificar su noción, ciertamente poco desarrollada, de «identificación
 primaria», precisa que este padre es un «padre de la prehistoria
individual».»

«La identificación con este «padre de la prehistoria»» este Padre
Imaginario es calificada de «inmediata», «directa»,
 y Freud insiste más, «anterior a toda carga de objeto»

 «Toda la matriz simbólica que cobija el vacío
surge aquí en esta problemática anterior al Edipo.
En efecto, si la identificación primaria que
constituye el Ideal del Yo, ignora la investidura
de la libido, estamos en primer lugar ante una
disociación de lo pulsional y lo psíquico.

Con este mismo gesto se plantea la existencia,
ciertamente absoluta, más que de una «identificación»,
de una transferencia (en el sentido de Verschiebungt).»

 «Para él, hay un otro idealizable, que le remite su propia imagen
 (éste es el momento narcisista) ideal, pero que, sin embargo, es otro.

Para el enamorado es esencial mantener la existencia de ese otro ideal,
 y poderse imaginar parecido a él, fundiéndose con él, incluso indistinto de él.»


Julia Kristeva

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