domingo, julio 20

Identidad, Amor, Fronteras del Yo



«En efecto, en el transporte amoroso

los límites de las propias identidades se pierden

a la vez que se difumina la precisión de la referencia
y del sentido del discurso amoroso»

«Vértigo de identidad, vértigo de palabras:

el amor es, a escala individual, esa súbita revolución,
ese cataclismo irremediable del que no se habla más que después.
En el momento no se habla de. Se tiene simplemente la impresión
de hablar al fin, por primera vez, de verdad.
Pero ¿es realmente para decir algo? No necesariamente.
Sí no ¿qué exactamente? Hasta la carta de amor,
esa tentativa inocentemente perversa de calmar o
relanzar el juego, está demasiado inmersa en el fuego inmediato
como para no hablar mis que de «mí» y de «ti», o incluso de un

«nosotros» salido de la alquimia de las identificaciones»

pero no de lo que sucede realmente entre el uno y el otro.
No de ese estado de crisis, de abatimiento, de locura
que puede romper todas las barreras de la razón,
como puede, semejante a la dinámica del organismo vivo
en pleno crecimiento, transformar un error en renovación,
remodelar, rehacer, resucitar un cuerpo, una mentalidad, una vida.
O incluso dos.»



«Son brutales las palabras que aproximan a este estado de vivaz fragilidad,
de fuerza serena que emerge del torrente amoroso, o que el torrente
amoroso ha abandonado, pero que sigue encerrando, bajo sus aires
de supremacía reconquistada, un punto de dolor tanto psíquico como físico.
Este punto sensible me indica —por la amenaza y el placer con que me
acecha, y antes de que yo me encierre, provisionalmente sin duda,
en la espera de otro amor que de momento imagino imposible—

que en el amor «yo» ha sido otro.

Esta fórmula que nos conduce a la poesía o a la
alucinación delirante sugiere un estado de inestabilidad

en el que el individuo deja de ser indivisible
y acepta perderse en el otro,

para el otro. Con el amor, este riesgo, por lo demás trágico,
es admitido, normalizado, asegurado al máximo.»


«El amor es el tiempo y el espacio en el que el «yo»
se concede el derecho a ser extraordinario. Soberano

sin ser ni siquiera individuo.

Divisible, perdido, aniquilado;

pero también, por la fusión imaginaria con el amado,

igual a los espacios infinitos de un psiquismo
sobrehumano. ¿Paranoico? Estoy, en el amor, en el cénit
de la subjetividad.»


«Cuerpo insuflado, presente en todos sus miembros por una
deliciosa ausencia; voz temblorosa, garganta seca, ojos deslumbrados
por el resplandor, piel rosada o sudorosa, corazón palpitante...

Los síntomas del amor ¿serán los síntomas del miedo?
Miedo-deseo de dejar de sentirse limitada, retenida,
de pasar al otro lado. Temor a transgredir no sólo conveniencias,
prohibiciones; sino también, y sobre todo,

miedo y deseo de traspasar las fronteras del yo...

El encuentro entonces, mezclando placer y promesa o
esperanza, permanece en una especie de futuro perfecto.
Es el no-tiempo del amor que, instante y eternidad,
pasado y futuro, presente, me colma
y, sin embargo, me deja insatisfecha.
Hasta mañana, hasta siempre, como siempre,
fiel, eternamente como antes, como cuando fue,
como cuando haya sido, a ti...
¿Permanencia del deseo o de la decepción?»


Julia Kristeva

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